Ozkar Portillo

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Nupcias

Hacía mucho calor en el tren subterráneo, y el joven, ubicado bajo el único ventilador que funcionaba, había cruzado los brazos tras la cintura y simulaba estar leyendo un cartón comercial. la muchacha, incrédula, sólo después de un prolongado momento se animó a hablar.
—devuélvame el zapato —dijo en voz baja.
El joven le concedió una veloz ojeada, frunció el. entrecejo, abrió las piernas para conservar la estabilidad, y muy circunspecto volvió a su lectura.
Por favor —dijo la muchacha un poco más fuerte— tenga la bondad de devolverme el zapato.
Es realmente una belleza —pensó el joven—. si me habla una vez más entreabriendo esos labios, enterraré mis dedos en su pelo, le remeceré la cabeza, la besaré y dormiré una siesta apoyado en sus senos.  ¿Qué zapato?
—¿Cómo que qué zapato? ¡mi zapato! ¿qué se ha imaginado?
“Dios me asista, pensó, O la soledad me ha desquiciado y estoy delirando, o estoy realmente enamorado—, de esta mujer.”
—No sé de qué me habla, señora —replicó.
—¡Está bien claro de qué le hablo! —protestó, golpeando con el pie descalzo el suelo del tren—. le hablo de una cosa que se llama zapato, de una cosa de cuero que se pone en los pies y que sirve para caminar. ¡de eso le estoy hablando!
“dios me asista —se dijo el joven—. ¿cómo es posible que la ame con tantas ‘ansias?”
—¡en fin! exclamó.
—¡mi zapato! devuélvame mi zapato, jovenzuelo.
sin que ella —lo notara, introdujo el zapato en el bolsillo posterior del pantalón, se le acercó, y una vez a su lado se restregó las manos y luego se las contempló como diciendo nada por aquí nada por allá, y después las elevó pidiendo al altísimo resignación. a continuación se rascó la cabeza, y, en tanto ella lo miraba hacer con una boca de este tamaño, se arrodilló y, tomándole el pie entre las manos, se dio en estudiarlo sin afectación y con sincera seriedad.
—Veamos cuál es su problema —Dijo, mientras manipulaba el pie en todas direcciones, con una suerte de gestos mecánicos al comienzo, que lentamente los fue suavizando hasta convertirlos en caricias. acercó los labios a los dedos y estuvo a punto de besarlos, pero se contuvo y suspiró hondamente su olor.
Protégeme, ángel mío, —pensó en ese momento—. Si me falla él lenguaje o cometo una imprudencia, ella se irá para siempre. Haz que sea amable, seductor e inteligente. No me abandones, angelito de mierda. Deja que el inglés me brote, se me derrame con gracia entre los dientes, que coja el ritmo de los sonetos de Shakespeare, que Albert Finney me envidie, que no me patee el rostro con este pedazo de sol que tengo entre mis manos.”
Entonces, disimulando el temor, alzó. la mirada y se la clavó un momento en los ojos y sonrió un poco, aunque desesperadamente, tratando de decírselo, pero, ella no le sonrió en cambio, a pesar de que se adelantó hacia él y con un movimiento, que le pareció una ráfaga de aire tibio y celeste, pasó involuntariamente los dedos sobre el cabello de él, apenas rozándolo. El muchacho descifró el gesto como una caricia, de allí que debió haberse puesto a llorar. Pero no derramó, ni una sola lágrima, aunque, se le humedecieron los ojos, aunque aspiró fuerte todo lo que tenía en las narices, tragándoselo.
—Dios me asista —murmuró—. He de saber su nombre. Antes de cogerle el rostro y presionar mis pulgares contra sus mejillas, he de saber su nombre.
Se limpió los ojos con la punta de la falda escocesa de la muchacha, y absorto continuó considerando el pie descalzo, presa de un surtido de emociones.
—El asunto es simple —dijo después de un rato— Es evidente que lo que a usted le falta es un zapato. Si tuviera dos zapatos no le faltaba nada, porque lo que se estila es que la gente ande con dos zapatos al mismo tiempo. Ese es mi caso. Mire mis pies. ¿Cuántos zapatos ando trayendo? Cuéntelos. Uno y dos. Esto es lo que se estila. Es muy rara la gente como usted que anda con un solo zapato.
“Algo anda mal —pensó enseguida— Estoy antipático. Ahora se va a sacar el zapato que tiene puesto y me va a golpear en la cabeza. Y ahora el tren —se está deteniendo en esta estación, maldita suerte. —Voy a cruzar los dedos. Ya está. Pitando, Pitando, que —no suba ningún cristiano o me tiraré al Hudson.”
Las puertas del tren se cerraron, nadie subió y continuaron solos en el vagón.
—¡Oiga, escúcheme bien¡ dijo ella.
—¡Sí, mi amor! —gritó él en silencio.
Quiero que me devuelva el zapato —le ordenó cogiéndole del nudo de la corbata—. ¿No se da cuenta de que es muy feo andar robando los zapatos a la gente?
—¿Qué quiere que le diga? —protestó—. Estoy de acuerdo con usted. No es nada de bonito andar robando los zapatos a la gente. ¿Quiere saber qué pienso de los que roban zapatos? ¡Que son ladrones! ¿Quiere saber qué más pienso? (Vamos a ser felices, eso es lo que pienso. Nos bajaremos en el terminal. Para entonces habré investigado tu cuerpo y tu ascendencia. ¿Sabes lo que vamos a hacer con el dinero de la pensión? Entraremos a un bazar a comprar un tocadiscos y yo estaré detrás tuyo besándote el pelo mientras seleccionas tu música, cualquiera, cualquiera música estará bien, y te haré sentir mi calor soplándote las orejas cuando estés considerando los ritmos y te rozaré casualmente los senos y no necesitaré disculparme pues tú ya habrás abierto por lo menos una vez mi camisa. ¿Quieres saber lo que pienso? Aplastaré mi nariz contra tu ombligo, giraré con ella como un torniquete sobre todo tu cuerpo, echaré al abismo un siglo de mi tiempo y olfateándole te bautizaré con los mejores nombres cuando nos duchemos, en el baño rosado del hotel mañana por la mañana y nos despertemos con las gargantas cascadas y la boca seca y salgamos semivestidos al balcón a estudiarnos a la luz del día. ¿Qué quieres que haga con tu zapato ahora? ¿Sabes lo que haré? Me lo comeré ante tus ojos en señal de amor.)
—No —dijo la muchacha—. No me interesa saber qué más piensa. Como usted anda con sus dos zapatos y no se va a resfriar, se aprovecha para burlarse.
Entonces el joven, humillado en su hombría porque hacían de su amor cosa de virus y floras microbianas, se levantó y le dejó caer a su lado en señal de abatimiento, y, tras un segundo de meditación, acercó su cara a la oreja izquierda de ella, y alguien podría decir que la besó.
Comprendo —le rezó.
Se agachó y desatando los cordones de uno de sus zapatos se lo arrancó y se lo ofreció sin una mueca en el rostro.
La joven cogió el zapato y pasó la mano sobre su superficie, tan levemente, que el joven logró advertir que lo estaba acariciando.
—Voy a abrirme el pecho algún día y te haré que me aprietes el corazón con tus manos —rugió en español.
La muchacha consideró los sonidos de la frase —con cautela, sonrió, sin comprender, quedó seria, pasó la mano por dentro del calzado, sonrió, puso el zapato a la altura de un ojo, y metió el dedo índice en un inmenso agujero, y luego lo apartó y miró —al joven a través de la suela rota.
“Ya está —se dijo—. Le pasé el zapato roto, mi puta suerte. Ahora estará pensando que soy un vago —o un vendedor ambulante, mi puta suerte.”
Se aproximó aun más a la muchacha, y tomándola de los hombros comenzó a sacudirla mientras le iba hablando en su lengua natal, implorando a todos los dioses que ella entendiera.
No me mires así pensando que estoy loco —le dijo—. Antes de que pienses cualquier cosa de mí, déjame que te lleve a mi pieza. Que los ángeles permitan que te tenga, un año conmigo, y después piensa lo que quieras, y destrúyeme y búrlate y acuéstate con otro en mi cama si te fallo, pero dame la oportunidad de deslumbrarte déjame mostrarte todo lo que es capaz de ser y de soñar un animal cualquiera con hambre y sin ambiciones; seré capaz de decírtelo en tu lengua cuando estés preparada para oírlo. No pienses nada de mí ahora. Sé pura, sé inteligente; entíbiate sin palabras; haz un esfuerzo para no diseccionarme y archivarme tan luego; haz que te contengas mientras este silencio me crece y cobra forma, porque entonces sí seré indestructible o ya no me importará que me destruyas.
Y entonces, como si un montón de ángeles benevolentes hubiesen oído la oración, y hubiesen llenado con su presencia el carro, la muchacha apoyó la cabeza contra el respaldo de madera del banco, y el joven se echó sobre ella y la besó y la mordió en los labios, y le acarició por sobre el vestido los senos, y ella posó sus brazos sobre el cuello de él, y esos brazos húmedos le estaban ahora cobijando, y si su boca hablara, diría casa, diría amante, diría desayuno decente a las siete de la mañana, diría una carcajada de cuando en cuando, y el olor de tu pelo y tu cuerpo, olor de tu cuerpo en cuyas entrañas finalizaba la ruta donde nacía el ámbito en que su sueño de muchacho chileno reposaría. quedo después de haberse gastado y desintegrado entre las tabernas de Nueva York limpiando los restos de comida sobre las,mesas y los pisos embaldosados, trabajando por unos centavos con que comprar el derecho de matar cucarachas en la piezucha del hotel y poseer un lecho para tenderse y clavar los ojos en la pared y hundir las uñas en el colchón y vomitar la soledad nuestra de cada día en una palangana celeste sobre el armario, y arrendar un pedazo de madera donde posar el trasero, doblar las piernas, y contemplarse los pies inflados, caldeados al rojo de tanto probar los asfaltos de la ciudad más grande del mundo, amén, como decían en esa obra que había visto en el Central Park; sin tener a alguien a quien comprarle un disco de Lucho Gatica, en una de las tiendas sembradas de neones de la calle Cuarenta y Dos y ofrendárselo en su cumpleaños, y estar siempre así, carente del vocabulario preciso para profanar el silencio que como una peste se le inflaba en el cuerpo, sin haber cultivado la potencia de su voz lo suficiente para protestarle al ángel que ya no se acordara de él, para reprocharle haberse quedado atrás dilapidando su propia suerte, su única estrella, entre el mar y las montañas, en un instante de su tiempo en que la fuerza y la alegría se le habían perdido en los límites de las palabras, sin que nadie, ni siquiera el ángel se lo anunciara, y ahora estaba allí, envalentonado por dos cervezas en el cuerpo que ya no podían llevarlo más adelante, y el tren subterráneo, el tren gusano, el tren templo, el tren muerte, el tren holocausto, estaba a punto de llegar al terminal, y él, el muchacho con el zapato en la mano derecha tras de su espalda, oyó otra vez a la joven pedirle su calzado, y mientras simulaba leer un cartón comercial, trataba de torcer su español en un inglés tibio, profundo, que le permitiera entregarle uno de sus zapatos en señal de nupcias.

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